¿Es democrático el mercado?
La canasta de consumo de un
conjunto de consumidores surgiría de la suma de las preferencias de los mismos.
De esta hipótesis surge la crítica hacia un sistema de economía planificada
basada en la imposibilidad de lograr “la función objetivo” es decir lograr la agregación
del objetivo planteado y su peso relativo por parte del órgano planificador.
El economista Kenneth J. Arrow planteó en 1951 un teorema denominado la paradoja de Arrow. El mismo expresa que cuando los votantes tienen tres o más opciones no es posible planificar un sistema de votación que satisfaga las preferencias individuales en forma total.
En el caso de las
decisiones estrictamente económicas, la imposibilidad de deducir un orden de
preferencias sociales conlleva, como un caso específico, la imposibilidad de
expresar una preferencia social por un paquete de bienes en lugar de otro.
Podemos imaginar que en el
mercado existe un mecanismo de votación en la medida en que los consumidores
votan por una canasta determinada. En ese sentido la demanda agregada la
podemos imaginar como una suma de las demandas agregadas de los consumidores o
demandantes.
Pero nada impide que si
existe un organismo planificador que programe dos canastas de bienes. A
posteriori serán los consumidores quienes manifiesten sus preferencias a partir
de elecciones individuales.
Sin embargo, en la teoría
neoclásica parece que únicamente el mecanismo de mercado asegura la decisión
ideal a partir de las preferencias individuales.
La pregunta que surge es
acerca de la posibilidad de que solamente sea posible lograr, a través del
mecanismo impersonal del mercado, cuando el planificador puede definir las
canastas de opciones de consumo.
Lo que ocurre de verdad en
la economía capitalista es que el mercado no es democrático desde el momento
que los consumidores valen de acuerdo al tamaño de su billetera. Pero este
argumento no entra en el modelo.
Al decir de Dobb
(1955) el mercado no funciona como una votación
“una cabeza un voto”, en el mercado el equivalente es “un dólar un voto”.
Por tal razón la
participación de los consumidores en el mercado está condicionada a su
capacidad de gasto, si tenemos en cuenta la creciente desigualdad en la
distribución del ingreso es notorio que el mercado de democrático tiene poco.
Lo llamativo es que el
teorema de Arrow se presenta como argumento en contra de las posibilidades de
planificación de la economía.
Dentro de los postulados de
la ideología burguesa el tema de la democracia económica, es decir los derechos
de voto de los consumidores como personas, no por su poder adquisitivo, es un
tema político que, por lo tanto queda fuera del ámbito de los modelos
económicos.
Si fuese tan perfecto y
democrático el mercado ¿Cómo se explican las crisis recurrentes que requieren
una participación activa del Estado para salvar los escollos?
En la práctica mientras los
economistas liberales cantan loas al mercado desregulado, ante los desajustes
aparece el Estado con política económica, los organismos internacionales y también
aprovechan las multinacionales para beneficiarse con los desequilibrios.
Por supuesto la
planificación dentro del esquema capitalista tiende a asegurar la supervivencia
del sistema, optimizando las oportunidades de mayores beneficios para las
empresas.
El Estado burgués, al
defender la empresa se defiende a sí mismo. Asegurando el proceso de
acumulación que es un requisito básico de la continuidad del sistema.
Pero, así como el Estado
burgués tiene herramientas para racionalizar la producción, con el objetivo de
la supervivencia del capitalismo, es lógico afirmar que un Estado democrático
tiene todas las posibilidades de planificar el funcionamiento de la economía de
acuerdo a las prioridades de los sectores más necesitados.
Es decir, planificar el
proceso productivo y del crecimiento de la producción en base a las necesidades
prioritarias de los sectores populares.
En ese aspecto los mismos
programas y desarrollos utilizados por las empresas capitalistas pueden ser
aplicados por las empresas de un estado socialista.
El argumento acerca de que
las empresas socialistas son menos productivas que las del sistema capitalista,
por la menor posibilidad de incentivos, no es aplicable, excepto admitiendo que
la empresa capitalista tiene mayor productividad: producto de una mayor tasa de
explotación.
En el mercado capitalista
son los objetivos de los consumidores individuales, de acuerdo al poder
adquisitivo de cada consumidor los que determinan la asignación de los
recursos. En una economía planificada la asignación está a cargo del
planificador de acuerdo a las decisiones políticas que determinan los
objetivos.
La discusión acerca de la
posibilidad de funcionamiento de una economía planificada no debe relacionarse
entonces con temas como la irracionalidad o ineficiencia; la planificación de
mercado socialista ubica objetivos diferentes respecto a los planteados en la
sociedad capitalista.
En la economía capitalista
predominan los objetivos de los que tienen poder de compra, en la economía
socialista es el planificador quien determina los objetivos en base a las
necesidades sociales. Inclusive el
planificador es más eficiente al contemplar no solamente objetivos sociales
sino también cuidados ecológicos, sanitarios y de justicia social. El planificador se anticipa a los
objetivos, el resultado ex post se utiliza para ajustar el funcionamiento.
Algunos críticos burgueses argumentan la incapacidad del
planificador para conocer las cantidades a producir según las necesidades
objetivas y las preferencias subjetivas de los consumidores.
Con el avance revolucionario de la informática y los big
data esta afirmación parece quedar un tanto obsoleta.
En lo referente a la canasta de consumo básico de bienes y
servicios resulta hoy posible acceder a datos consistentes para estimar la
demanda.
Una elaboración especifica requieren la satisfacción de las
preferencias subjetivas. Durante los primeros años de la URSS solo se
planificaba en base a cantidades (tantos millones de pares de botas, etc.)
todas iguales o muy parecidas.
Este sistema provocó la acumulación de stocks de productos
que la población rechazaba a medida que el nivel de vida crecía y la demanda de
los consumidores se hacía más “sofisticada”.
Esta circunstancia determina que el organismo planificador
analice los resultados de stocks remanentes y de encuestas de consumo para
ajustar las directivas del plan.
¿Puede el mercado capitalista lograr mejores resultados?
Si observamos por ejemplo la cantidad de alimentos que en
las economías desarrolladas se eliminan diariamente, cantidades que pueden
solucionar el problema del hambre en el mundo, la conclusión es que el mercado
burgués lo que menos tiene es democracia.
Ante esta realidad, teniendo en cuenta las restricciones al
consumo que imponen los presupuestos individuales, no podemos afirmar como lo
hacen los economistas austriacos, que en el mercado se expresan libremente las preferencias
de los consumidores.
Los sensores de mercado dicen, permiten definir si un rico
prefiere un Mercedes o un Porsche o que un niño de un país pobre prefiere leche
a un líquido que no lo alimente. Probablemente el rico puede comprarse el
Mercedes, el niño de África tendrá que conformarse con lo que haya.
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