Enseñanza de la economía política. El fracaso del marginalismo como teoría macroeconómica
Un trabajo esencial para
los investigadores sociales es desmitificar sus planteos dogmáticos que solo
son útiles para la defensa de un sistema capitalista,m cada vez más concentrado
en los centros de poder y que, de no ser enfrentado y combatido, es una afrenta
al conocimiento científico de los procesos sociales.
En su contenido tiene prioridad su individualismo metodológico y su deslizamiento hacia el consumismo, santificando el dogma de las “libres” reglas del mercado, omitiendo la existencia de la lucha de clases, pregonando una escala de valores que parte del precepto “tanto tienes, tanto vales”.
Sus análisis se abstraen de
la emisión de juicios de valor y del papel de la ideología en la economía
política, con lo cual se presentan como neutrales para la sociedad conceptos
que en realidad contienen un alto contenido ideológico y además, ocultan los
objetivos en que fundamentan sus tesis.
En las ciencias sociales la
asepsia ideológica es un mito. La base filosófica tanto de la teoría neoclásica,
como la de la neoliberal y también de amplios sectores de la heterodoxia, se
basan en el del dogma liberal para justificar sus postulados.
Como es sabido, el origen
del pensamiento liberal acompaña el desarrollo del auge de capitalismo hacia
finales del siglo XVII. Comenzó a desarrollarse en Inglaterra y en Holanda,
pasando luego a los países vecinos como reacción política y filosófica al
decadente feudalismo de la época.
La intolerancia religiosa y
el absolutismo político provocaron crecientes reacciones en la naciente
burguesía que reclamaba un cambio en las reglas morales, económicas y
políticas.
El surgimiento del
pensamiento liberal entonces, se incorpora al mercado como la institución que
permite un pronunciamiento libre de los participantes para manifestar sus
preferencias ideales.
Aparece la teoría de la
competencia perfecta, la mano invisible, la teoría cuantitativa, etc. etc.
De esa época es el
economista escocés Adam Smith (1723-1790) quien sistematizó y fundó la escuela
clásica de la economía política.
Su planteo parte del
individuo que accede al mercado guiado por una mano invisible que lo lleva a
desarrollar objetivos más allá de sus propias intenciones. De tal forma los
mercados pasan a ser el motor del crecimiento económico y la evolución social.
Uno de los más reconocidos
continuadores de Smith es David Ricardo
(1772-1823) que en extensos estudios desarrolla la
teoría del valor trabajo que será utilizada por Carlos Marx (1818-1883) para
sus investigaciones en el transcurso del siglo XIX, pero la obra de Marx es mucho más que una teoría
económica, es una concepción científica de la historia de la sociedad.
Smith planteaba los mercados comenzaban en un
estado de anarquía que, a través de su funcionamiento era la fuente del
crecimiento económico y social; por el contario para Marx consideraba que en el
mercado se manifiestan las contradicciones internas del sistema capitalista,
con la maximización de la tasa de ganancia como principal objetivo.
De tal forma la lucha despiadada en el
mercado impide la organización del sistema económico que sería más beneficiosa
para la sociedad, debido a que, por un lado, condiciona la reproducción y
valorización del capital, pero, además oculta la esencia del capitalismo que es
la explotación del hombre por el hombre, imposibilitando la auténtica
emancipación de los individuos.
En esa circunstancia comienza la gran
mistificación del liberalismo y los mercados: la concurrencia de individuos
aparentemente libres y en similares condiciones para competir.
Lo destacable es que, a pesar de los grandes
experimentos de revoluciones socialistas a lo largo del siglo XX con sus
valiosas experiencias, el sistema capitalista ha logrado imponer enormes
barreras en el campo académico impidiendo que el pensamiento marxista pudiera
confrontar sus postulados en igualdad de condiciones con los defensores del
sistema capitalista.
Retomando el derrotero de Adam Smith y
obviamente evitando las propuestas de Ricardo y Marx, hacia 1870 se desarrollan
dentro del pensamiento liberal las denominadas escuelas neoclásica y austriaca.
Ambas son contemporáneas y se fundamentan en
la obra de tres economistas: León Walras, francés,
Stanley William Jevons, inglés (fundador de la escuela neoclásica) y Carl
Menger, austríaco (fundador de la escuela que lleva su nombre). Los tres fueron
los referentes principales de la propagación de las teorías económicos y dando
comienzo a lo que se denominó revolución marginalista, con la teoría subjetiva
del valor como sustento.
La denominación de
revolución marginalista proviene de la representación gráfica de las funciones
utilizadas para desarrollar sus modelos matemáticos, como funciones continuas,
que permiten su expresión a través del cálculo diferencial.
En rigor el cálculo
diferencial fue mayormente utilizado por la escuela neoclásica, en tanto la
escuela austriaca adoptó una actitud crítica respecto al formalismo matemático.
Esta diferenciación se
reprodujo en el siglo XX con Hayek y los monetaristas.
Para el historiador del
pensamiento económico Joseph Schumpeter, lo que hermana ambas teorías es, sobre
todo, la teoría subjetiva del valor en contraposición a la teoría objetiva de
los clásicos y Marx. Además, a partir de esta derivación, las propuestas y
análisis pasan a estar fundamentadas en reglas del comportamiento individual,
apartando los razonamientos del contenido social, del rol de las clases
sociales y de la lucha de clases.
En la década de 1930 la escuela neoclásica
profundiza su adhesión a los modelos matemáticos para desarrollar sus
investigaciones con lo cual se abstrae en forma pronunciada de los fenómenos de
la realidad.
Por su parte la escuela austriaca critica la metodología
neoclásica en cuanto a la utilización de modelos matemáticos, pero enfatiza su
radicalización ideológica reaccionaria.
La
escuela neoclásica se expandió en el uso de instrumental matemático hasta tal
punto, que el profundo conocimiento de recursos del cálculo se hace
imprescindible para interpretar sus modelos, que por supuesto incluyen hipótesis
ad-hoc que frecuentemente los alejan de la realidad.
Los descendientes de la escuela austriaca por
su parte utilizan un lenguaje más accesible, que oculta su contenido
reaccionario, basándose en apelaciones al sentido común como si sus postulados
fueran los más favorables para los sectores populares.
De tal forma, sobre bases metodológicamente
discutibles, los economistas neoclásicos y monetaristas reivindican su derecho
a introducir hipótesis alejadas de la realidad pero presentadas con desarrollos
matemáticos que le dan aspecto de cientificidad.
Así se construye un universo que poco tiene
que ver con la realidad. Las aplicaciones matemáticas les dan valor
aparentemente científico ya que el modelo en teoría “cierra”; desarrollan los
modelos en sucesivas páginas de fórmulas complementadas con textos que precisan
un contexto particular que acota el modelo y dentro del cual las afirmaciones
tienen validez, pero cuyo contacto con la realidad no siempre se puede
precisar.
Estos subterfugios se utilizan para demostrar
la “racionalidad” y “eficiencia” del mercado pero que se deben a las
restricciones impuestas en el modelo
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