El desarrollo del sistema capitalista necesitó una base
teórica que justifique su funcionamiento, que lo acompañara en su evolución y especialmente
que creara una barrera contra las ideas socialistas y especialmente las
marxistas.
Esa teoría la fueron generando los académicos que ideológicamente adherían a sus planteos. De tal forma, en especial desde el último cuarto de siglo XIX se fueron expandiendo por Europa y EEUU, con gran apoyo del sistema y la política de los estados capitalistas.
No siempre fue homogénea, especialmente cuando tuvo que
explicar sus fracasos, no obstante, sus académicos tuvieron la suficiente
capacidad como para encontrar explicaciones que convencieran a los estudiantes
y estudiosos para que no optaran por otras teorías aunque mas no fuera como un
a curiosidad que como parte de una ciencia.
Que en algunos manuales de iniciación se siga sosteniendo
que la economía se ocupa del reparto de bienes limitados ante necesidades
ilimitadas es la primera incongruencia, ya que está demostrados que a nivel
planetario los recursos son suficientes y que el problema en realidad se
encuentra en la desigualdad de su distribución.
Otros sustentos arbitrarios como la teoría subjetiva del
valor, el ordenamiento de las preferencias del consumidor, la uniformidad de
los consumidores olas curvas de indiferencia que han inundado los cerebros de miles de
estudiantes como una religión, un dogma para que aceptan la viabilidad de un modelo
de equilibrio general o la hipótesis de la mano invisible, etc. etc.
Como contrapartida se ignora, salvo contadas excepciones,
la teoría del valor trabajo. No es casual, se trata de un “veneno” poderoso que
ataca el sistema, ni siquiera se ubica como figura preponderante a Keynes, que era un burgués liberal, pero que
se atrevió a analizar algunos fenómenos que se pusieron al descubierto con la
cris del 29; no obstante lo cual, la teoría económica servil al sistema, asimiló
el golpe, y salió a justificar sus fallos a través de sucesivas enmiendas y
propuestas de las que resultaron fórmulas y políticas que solamente
convalidaron la aparición de nuevas crisis.
Los peor de todo es que nuestra sociedad está llegando a
límites que eran impensables por la gravedad actual y la oscura perspectiva en
ciernes a menos que se produzca una toma de conciencia en los sectores
mayoritarios de nuestra sociedad que comprenda la imperiosa necesidad de
cambios.
A lo largo del trabajo hemos detallado una configuración
global de los principales problemas, también las causas que los originaron. En
algunos casos el daño es irrecuperable en otros todavía la sociedad está en
condiciones de promover una toma de conciencia a nivel global que evite la previsible
catástrofe.
Lamentablemente el mundo tuvo que ser sacudido por una
pandemia implacable para que algunos sectores tomaran conciencia de la
existencia de una sociedad global. Justamente en momentos en que el sistema
capitalista exaltaba los beneficios de la globalización, del gran menú de
productos de los mercados financieros, de las cadenas de suministros, de la
proliferación de información de todo tipo a través de las redes aparece un
virus que ante la enfermedad globalizada nos impone el aislamiento individual.
De pronto descubrimos que para enfrentar el flagelo es muy
importante que el Estado, hasta hacia poco negado, vituperado por los
defensores del “estado mínimo”, tiene que aparecer con fuerza. Es una derrota
de los sacerdotes defensores del individualismo a ultranza, que todavía los hay,
lamentablemente.
Una parte de la población, poco avisada, fue tomando
conciencia de la necesidad de una salud publica eficiente, con recursos, que
los recortes en la sanidad pública son un crimen a futuro, como lo son los de
los demás derechos sociales: educación, jubilación, etc.
La pandemia del CV es una más en la historia, sin embargo,
las condiciones son diferentes de las anteriores, especialmente si se demuestra
que el virus proviene de la fractura de los procesos regulados de la trasmisión
entre diferentes especies animales.
Si así fuere, la producción animal en condiciones extremas
de hacinamiento o de confinamiento que el sistema ha implantado, requiere una
revisión inmediata. Sera una demostración lapidaria que en tanto sea el
principal objetivo de la sociedad incrementar la tasa de ganancia, , esa sociedad estará dinamitando sus propios cimientos.
Los índices de acumulación de riqueza y el irracional uso
de los recursos naturales son los principales detonantes. La concentración de
riqueza implica concentración de poder, no solo económico, también político y
mediático condicionando la cultura, los deseos, el pensamiento.
Una sociedad basada en criterios individualistas, donde la
palabra solidaridad queda restringida, porque será el sálvese quien pueda, porque
rescata los instintos más primitivos, más denigrantes de los seres humanos. En
los grandes mercados financieros estos valores no se cotizan, por el contrario,
intensifican sus ambiciones cotidianas en aras de la salvación individual. No
ingresa en el plan que su contrapartida sea la devastación sobre las
poblaciones y zonas desprotegidas.
Las estadísticas nos demuestran que el efecto de la
acumulación a escala global favorece a una proporción minoritaria de la
población, en detrimento de la inmensa mayoría y el proceso no se detiene, por
el contrario, la pregunta es ¿Cuándo se pondrá fin a tanto desborde?
La forma históricamente natural entre convivencia de seres
humanos y vida silvestre se alteró en forma progresiva. Esa auto regulación se
quebró. El sistema produce la urbanización en enormes conglomerados donde las
condiciones de vida de los sectores más pobres se tornan más difíciles, las
necesidades perentorias y el estímulo al hiperconsumo, ubica a la generación de
ganancias como primera prioridad, la riqueza individual como principal motivo
de vida, acumular dinero y bienes materiales, donde la naturaleza pasa a ser
una materia prima para ser procesada, sin importar los efectos posteriores.
Una sociedad que no comprende que devorar a la naturaleza
en el altar de la ganancia es también un proceso autodestructivo. Es la
constatación de un doble fracaso de las instituciones nacionales y globales
para impedir el avance del desastre y de los mercados que estimulan la
aceleración del proceso.
Este devenir no empezó con la pandemia ni mucho menos, la
pandemia lo acentuó, lo puso en evidencia. Mientras tanto los sacerdotes del
libre mercado, insuflados de mezquindad, piden que el Estado, que tanto han
denigrado, disponga de todos sus recursos, pero, por favor, no impuestos que
afecten sus ingresos.
Ante casos de tal gravedad se revaloriza el papel del
Estado, tanto desde su faz social protectiva como de la económico financiera.
Se trata de un momento de regresión colectiva a los miedos sociales y de
reconocimiento que el Estado, como formación social tiene la posibilidad de orientar políticas públicas que se transformen en acciones sociales
comunes, hacia sacrificios compartidos.
En estas circunstancias el Estado se convierte en una
esfera de protección colectiva ante los riesgos de muerte y de crisis
económica. Pero, en una democracia restringida, el destino de muchos, está supeditado
a las decisiones estatales monopolizadas por unos pocos.
Esta restricción será superada en la medida que se
logre la apertura de un diálogo democrático con las clases “subalternas” sobre
el cual sea posible generar una mejora en los ingresos de los más necesitados,
en el consumo básico y en el crédito para los emprendimientos productivos.
Esa articulación nunca podrá ser articulada con el
libre albedrío de los mercados financieros, ni del uso indiscriminado de las
redes mediáticas, ni con la hegemonía de los dueños y ejecutivos de las grandes
corporaciones.
Tampoco se trata ya de recuperar el “viejo” estado del
bienestar, es otra etapa, se han formados interdependencias técnico económicas
sobre las que es necesaria trabajar con nuevas políticas, debe en primer lugar ubicarse
la obligación del Estado de cuidar las condiciones de vida de las poblaciones,
evitando el precipicio histórico a que nos conducen las políticas individualistas.
Las políticas emergentes
del Estado tendrán que combinar una revalorización del mercado interno, la
protección social ampliada a asalariados, no asalariados y formas hibridas de
trabajo autónomo, profundas políticas de democratización de la propiedad y las
decisiones sobre el futuro, con la articulación controlada de las distintas
cadenas de suministros mundiales, la fiscalización radical de los flujos
financieros e inmediatas acciones de protección del medio ambiente planetario.
En épocas de prosperidad
de algunas economías, a la paternidad del libre mercado le sobraban voces, pero
cuando la recesión hace su entrada, los posibles responsables miran hacia el
costado. Si el accionar del Estado sigue patrimonializado por un puñado de
propietarios de grandes corporaciones seguiremos en problemas y con un futuro
cada vez más incierto.
Será imprescindible
marchar hacia la construcción de un nuevo tipo de Estado, que globalice los
conocimientos, se trata de una globalización que vaya más allá de los mercados
y de los flujos financieros, que se ocupe del cuidado médico, de los salarios,
del cuidado de la naturaleza, de la igualdad entre géneros, que respete los
derechos y las identidades culturales de las comunidades y los pueblos. Son
requisitos indispensables para una renovación de nuestra sociedad, que
globalice la igualdad social.
Nadie garantiza que, en
medio de la actual crisis económica, médica y ambiental, se neutralice el
riesgo de que se imponga una solución que implique un mayor sacrificio a las
clases “subalternas”. Es allí donde debe gestarse la solidaridad y la igualdad
crezcan como antídotos ante el avasallamiento de derechos.
Pensar y construir un nuevo modelo de Estado no es ningún desvarío
trasnochado, se trata de una necesidad ante la evidente caducidad de esquemas
instalados hace poco más de doscientos años. Un tiempo considerable para un
ciclo, si se toma en cuenta la aceleración histórica que atraviesa la humanidad.
La formación de los Estados de Occidente reconoce básicamente el modelo
desarrollado a partir de la independencia de EEUU en 1776 y de la Revolución
Francesa de 1789. Entre sus postulados básicos se encuentran el respeto
a las libertades individuales (que se cumple con restricciones) y el respeto a
la propiedad privada (que se cumple a rajatabla). La superposición de etapas
históricas determinó que, a pesar de lo declarado en su creación, la esclavitud
que fue una base esencial de la economía colonial, recién fue abolida a
mediados del siglo XIX.
También perduró y con mucha fuerza el sistema del patriarcado. Las mujeres
recién comenzaron atener derechos cívicos, aunque con restricciones notables, a
partir de la segunda mitad del Siglo XX.
En síntesis, tanto la explotación colonial, con distintas variantes y el
patriarcado siguen vigentes hasta nuestros días.
La conformación de estados socialistas, especialmente a partir de la
Revolución de Octubre en Europa, la Revolución China y Vietnam en Oriente y la
Revolución Cubana en América demostraron que otro tipo de Estado es posible.
Pero en el siglo XXI surgen nuevos acontecimientos en América Latina. Las experiencias
de Venezuela con Hugo Chávez, de Bolivia con Evo Morales y de Ecuador con
Rafael Correa vinieron a demostrar la posibilidad de fundar sistemas económicos
con “rostro humano” orientados a una conformar una economía socialista.
En esas experiencias además de permitir el protagonismo de las poblaciones
marginadas, se incorporó el concepto de plurinacionalidad, reconociendo los
derechos ancestrales de las poblaciones nativas y de los afrodescendientes.
Otro elemento importante es la revalorización de los poderes locales para
establecer políticas, empoderando a las comunidades para que se conviertan en
actores importantes en el proceso democrático.
La situación de crisis de nuestra sociedad requiere que cada Estado, cada
comunidad, genere condiciones de nuevo tipo dentro de un proceso de cambio que
enfrente a los responsables del actual estado de cosas.
El Estado nuevo no debe ser el gendarme del status quo, su función es la de
proponer los proyectos y armonizar los intereses se la comunidad para llevarlos
a cabo democráticamente. Esto es válido tanto a nivel comunal, como de regiones
o de naciones.
Para llegar a esta solución se necesita un cambio cultural profundo en el
que se priorice una nueva escala de valores que enfrente a la acumulación
insaciable, el individualismo y las formas negativas de convivencia.
Los grandes medios de difusión cumplen en la actualidad un grosero servicio
a los factores de poder, son parte importante en defensa de los privilegios, de
la deformación de la conciencia social. La nueva democracia debe regularlos
también, para que la comunicación masiva no esté concentrada en los
económicamente poderosos.
Los medios de comunicación deben estar orientados a difundir en beneficio
del bien común. Promover la interculturalidad, como beneficio democrático,
enriquece la convivencia entre sectores sociales con diferentes ancestros.
Un objetivo esencial es la garantía de condiciones de paz que, al
consolidarse, permitiría eliminar buena parte de las fuerzas militares,
destinando esos recursos a nobles objetivos. Las fuerzas armadas en los Estados
han sido destinadas a proteger los intereses de clases privilegiadas y castas,
en detrimento o represión de los movimientos democráticos.
La necesidad de cambios profundos se va incorporando a diversos estratos de
la sociedad, todavía en forma incipiente, pero en la medida que la crisis
avance ya sea por la pandemia o por las crecientes dificultades en la vida
cotidiana, se profundizará la toma de conciencia acerca de la necesidad de
cambios.
Teniendo en cuenta la irracional desigualdad económica urge plantear como
necesidad perentoria un cambio profundo en la fiscalidad. Cada país, cada
Estado, cada sociedad tendrá que viabilizar una reforma profunda para que se
produzcan cambios profundos en la fiscalidad a nivel global.
Los mal llamados paraísos fiscales deben ser controlados y castigados,
existen instrumentos financieros para hacerlo. La nueva fiscalidad debe incluir
un Impuesto a las transferencias financieras, un impuesto progresivo a los
grandes patrimonios y una modificación de las escalas del impuesto a las
sociedades y a las rentas personales, que permitan en financiamiento de la
Renta Básica Universal.
De tal forma los Estados dispondrán de recursos suficientes para generar
políticas de justicia social, que garanticen los derechos más elementales para
todos los sectores de la sociedad.
Un aforismo bastante utilizado por los marxistas es que la política es
economía concentrada. Sin duda, entonces cuando hablamos de necesidad de
grandes cambios, estamos hablando de política.
Decía Gramsci que “solo la política crea la posibilidad de maniobra del
movimiento”. En las actuales circunstancias el enemigo a doblegar es muy poderosos
y varios son los frentes de batalla. Siguiendo el pensamiento gramsciano, como
los intercambios entre sociedad civil y sociedad política son equilibrados,
habrá una guerra de posiciones que implicará una modificación de los
instrumentos clásicos de la acción política.
No será la etapa de asalto al poder, las trincheras son muchas y muy
variadas. El camino entonces sería el asedio, entendido como proceso social en
el que el poder se conquista enfrentando las sucesivas crisis políticas con la
movilización del pueblo, con la acumulación de fuerzas, con la toma de
conciencia de la necesidad de cambios. Se trata de que las clases populares
logren la hegemonía del proceso para poder enfrentar no solamente a la obscena
acumulación de riqueza, también el fin del sistema patriarcal, la defensa del
ecosistema y demás reivindicaciones que ayuden al cambio que la sociedad
necesita. La sobrevivencia le va en ello.
El camino no será sencillo. Volviendo a Gramsci, decía que la “guerra de
posiciones”, entendida como un proceso hacia cambios profundos, seguramente
impondrá sacrificios a la población, será necesaria una concentración muy
poderosa de hegemonía, que permita a los dirigentes del proceso avanzar en los
cambios apoyados por todo el pueblo.
El concepto de hegemonía “es aquel donde se anudan las exigencias de
carácter nacional…la relación nacional es el resultado de una combinación
original, única”.
El reclamo gramsciano tiene que ver con la convicción de que no es
suficiente definir una estrategia internacional. Es necesario definir para cada
nación, para cada sociedad, inclusive para cada región o sector, cuáles son las
características para poder construir un sistema hegemónico. Lo importante es
que el proyecto resulte de la voluntad colectiva nacional y popular.
La política pasa a ser lo determinante, el momento superior de la relación
de las fuerzas sociales en disputa por el cambio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario