google-site-verification=FRCu69N9a4YBX7KF3q4H3foYbM2P4dGbY Marxismo y mercados: Hacia una nueva democracia

sábado, 5 de agosto de 2023

Hacia una nueva democracia

 

El desarrollo del sistema capitalista necesitó una base teórica que justifique su funcionamiento, que lo acompañara en su evolución y especialmente que creara una barrera contra las ideas socialistas y especialmente las marxistas.

Esa teoría la fueron generando los académicos que ideológicamente adherían a sus planteos. De tal forma, en especial desde el último cuarto de siglo XIX se fueron expandiendo por Europa y EEUU, con gran apoyo del sistema y la política de los estados capitalistas.

No siempre fue homogénea, especialmente cuando tuvo que explicar sus fracasos, no obstante, sus académicos tuvieron la suficiente capacidad como para encontrar explicaciones que convencieran a los estudiantes y estudiosos para que no optaran por otras teorías aunque mas no fuera como un a curiosidad que como parte de una ciencia.

Que en algunos manuales de iniciación se siga sosteniendo que la economía se ocupa del reparto de bienes limitados ante necesidades ilimitadas es la primera incongruencia, ya que está demostrados que a nivel planetario los recursos son suficientes y que el problema en realidad se encuentra en la desigualdad de su distribución.

Otros sustentos arbitrarios como la teoría subjetiva del valor, el ordenamiento de las preferencias del consumidor, la uniformidad de los consumidores olas curvas de indiferencia que   han inundado los cerebros de miles de estudiantes como una religión, un dogma para que aceptan la viabilidad de un modelo de equilibrio general o la hipótesis de la mano invisible, etc. etc.

Como contrapartida se ignora, salvo contadas excepciones, la teoría del valor trabajo. No es casual, se trata de un “veneno” poderoso que ataca el sistema, ni siquiera se ubica como figura preponderante a  Keynes, que era un burgués liberal, pero que se atrevió a analizar algunos fenómenos que se pusieron al descubierto con la cris del 29; no obstante lo cual, la teoría económica servil al sistema, asimiló el golpe, y salió a justificar sus fallos a través de sucesivas enmiendas y propuestas de las que resultaron fórmulas y políticas que solamente convalidaron la aparición de nuevas crisis.

Los peor de todo es que nuestra sociedad está llegando a límites que eran impensables por la gravedad actual y la oscura perspectiva en ciernes a menos que se produzca una toma de conciencia en los sectores mayoritarios de nuestra sociedad que comprenda la imperiosa necesidad de cambios.

A lo largo del trabajo hemos detallado una configuración global de los principales problemas, también las causas que los originaron. En algunos casos el daño es irrecuperable en otros todavía la sociedad está en condiciones de promover una toma de conciencia a nivel global que evite la previsible catástrofe.

Lamentablemente el mundo tuvo que ser sacudido por una pandemia implacable para que algunos sectores tomaran conciencia de la existencia de una sociedad global. Justamente en momentos en que el sistema capitalista exaltaba los beneficios de la globalización, del gran menú de productos de los mercados financieros, de las cadenas de suministros, de la proliferación de información de todo tipo a través de las redes aparece un virus que ante la enfermedad globalizada nos impone el aislamiento individual.

De pronto descubrimos que para enfrentar el flagelo es muy importante que el Estado, hasta hacia poco negado, vituperado por los defensores del “estado mínimo”, tiene que aparecer con fuerza. Es una derrota de los sacerdotes defensores del individualismo a ultranza, que todavía los hay, lamentablemente.

Una parte de la población, poco avisada, fue tomando conciencia de la necesidad de una salud publica eficiente, con recursos, que los recortes en la sanidad pública son un crimen a futuro, como lo son los de los demás derechos sociales: educación, jubilación, etc.

La pandemia del CV es una más en la historia, sin embargo, las condiciones son diferentes de las anteriores, especialmente si se demuestra que el virus proviene de la fractura de los procesos regulados de la trasmisión entre diferentes especies animales.

Si así fuere, la producción animal en condiciones extremas de hacinamiento o de confinamiento que el sistema ha implantado, requiere una revisión inmediata. Sera una demostración lapidaria que en tanto sea el principal objetivo de la sociedad incrementar la  tasa de ganancia, , esa sociedad  estará dinamitando sus propios cimientos.

Los índices de acumulación de riqueza y el irracional uso de los recursos naturales son los principales detonantes. La concentración de riqueza implica concentración de poder, no solo económico, también político y mediático condicionando la cultura, los deseos, el pensamiento.

Una sociedad basada en criterios individualistas, donde la palabra solidaridad queda restringida, porque será el sálvese quien pueda, porque rescata los instintos más primitivos, más denigrantes de los seres humanos. En los grandes mercados financieros estos valores no se cotizan, por el contrario, intensifican sus ambiciones cotidianas en aras de la salvación individual. No ingresa en el plan que su contrapartida sea la devastación sobre las poblaciones y zonas desprotegidas.

Las estadísticas nos demuestran que el efecto de la acumulación a escala global favorece a una proporción minoritaria de la población, en detrimento de la inmensa mayoría y el proceso no se detiene, por el contrario, la pregunta es ¿Cuándo se pondrá fin a tanto desborde?

La forma históricamente natural entre convivencia de seres humanos y vida silvestre se alteró en forma progresiva. Esa auto regulación se quebró. El sistema produce la urbanización en enormes conglomerados donde las condiciones de vida de los sectores más pobres se tornan más difíciles, las necesidades perentorias y el estímulo al hiperconsumo, ubica a la generación de ganancias como primera prioridad, la riqueza individual como principal motivo de vida, acumular dinero y bienes materiales, donde la naturaleza pasa a ser una materia prima para ser procesada, sin importar los efectos posteriores.

Una sociedad que no comprende que devorar a la naturaleza en el altar de la ganancia es también un proceso autodestructivo. Es la constatación de un doble fracaso de las instituciones nacionales y globales para impedir el avance del desastre y de los mercados que estimulan la aceleración del proceso.

Este devenir no empezó con la pandemia ni mucho menos, la pandemia lo acentuó, lo puso en evidencia. Mientras tanto los sacerdotes del libre mercado, insuflados de mezquindad, piden que el Estado, que tanto han denigrado, disponga de todos sus recursos, pero, por favor, no impuestos que afecten sus ingresos.

Ante casos de tal gravedad se revaloriza el papel del Estado, tanto desde su faz social protectiva como de la económico financiera. Se trata de un momento de regresión colectiva a los miedos sociales y de reconocimiento que el Estado, como formación social tiene la posibilidad de orientar políticas públicas que se transformen en acciones sociales comunes, hacia sacrificios compartidos.

En estas circunstancias el Estado se convierte en una esfera de protección colectiva ante los riesgos de muerte y de crisis económica. Pero, en una democracia restringida, el destino de muchos, está supeditado a las decisiones estatales monopolizadas por unos pocos.

Esta restricción será superada en la medida que se logre la apertura de un diálogo democrático con las clases “subalternas” sobre el cual sea posible generar una mejora en los ingresos de los más necesitados, en el consumo básico y en el crédito para los emprendimientos productivos.

Esa articulación nunca podrá ser articulada con el libre albedrío de los mercados financieros, ni del uso indiscriminado de las redes mediáticas, ni con la hegemonía de los dueños y ejecutivos de las grandes corporaciones.

Tampoco se trata ya de recuperar el “viejo” estado del bienestar, es otra etapa, se han formados interdependencias técnico económicas sobre las que es necesaria trabajar con nuevas políticas, debe en primer lugar ubicarse la obligación del Estado de cuidar las condiciones de vida de las poblaciones, evitando el precipicio histórico a que nos conducen las políticas individualistas.

Las políticas emergentes del Estado tendrán que combinar una revalorización del mercado interno, la protección social ampliada a asalariados, no asalariados y formas hibridas de trabajo autónomo, profundas políticas de democratización de la propiedad y las decisiones sobre el futuro, con la articulación controlada de las distintas cadenas de suministros mundiales, la fiscalización radical de los flujos financieros e inmediatas acciones de protección del medio ambiente planetario.

En épocas de prosperidad de algunas economías, a la paternidad del libre mercado le sobraban voces, pero cuando la recesión hace su entrada, los posibles responsables miran hacia el costado. Si el accionar del Estado sigue patrimonializado por un puñado de propietarios de grandes corporaciones seguiremos en problemas y con un futuro cada vez más incierto.

Será imprescindible marchar hacia la construcción de un nuevo tipo de Estado, que globalice los conocimientos, se trata de una globalización que vaya más allá de los mercados y de los flujos financieros, que se ocupe del cuidado médico, de los salarios, del cuidado de la naturaleza, de la igualdad entre géneros, que respete los derechos y las identidades culturales de las comunidades y los pueblos. Son requisitos indispensables para una renovación de nuestra sociedad, que globalice la igualdad social.

Nadie garantiza que, en medio de la actual crisis económica, médica y ambiental, se neutralice el riesgo de que se imponga una solución que implique un mayor sacrificio a las clases “subalternas”. Es allí donde debe gestarse la solidaridad y la igualdad crezcan como antídotos ante el avasallamiento de derechos.

Pensar y construir un nuevo modelo de Estado no es ningún desvarío trasnochado, se trata de una necesidad ante la evidente caducidad de esquemas instalados hace poco más de doscientos años. Un tiempo considerable para un ciclo, si se toma en cuenta la aceleración histórica que atraviesa la humanidad.

La formación de los Estados de Occidente reconoce básicamente el modelo desarrollado a partir de la independencia de EEUU en 1776 y de la Revolución Francesa de 1789. Entre sus postulados básicos se encuentran el respeto a las libertades individuales (que se cumple con restricciones) y el respeto a la propiedad privada (que se cumple a rajatabla). La superposición de etapas históricas determinó que, a pesar de lo declarado en su creación, la esclavitud que fue una base esencial de la economía colonial, recién fue abolida a mediados del siglo XIX.

También perduró y con mucha fuerza el sistema del patriarcado. Las mujeres recién comenzaron atener derechos cívicos, aunque con restricciones notables, a partir de la segunda mitad del Siglo XX.

En síntesis, tanto la explotación colonial, con distintas variantes y el patriarcado siguen vigentes hasta nuestros días.

La conformación de estados socialistas, especialmente a partir de la Revolución de Octubre en Europa, la Revolución China y Vietnam en Oriente y la Revolución Cubana en América demostraron que otro tipo de Estado es posible.

Pero en el siglo XXI surgen nuevos acontecimientos en América Latina. Las experiencias de Venezuela con Hugo Chávez, de Bolivia con Evo Morales y de Ecuador con Rafael Correa vinieron a demostrar la posibilidad de fundar sistemas económicos con “rostro humano” orientados a una conformar una economía socialista.

En esas experiencias además de permitir el protagonismo de las poblaciones marginadas, se incorporó el concepto de plurinacionalidad, reconociendo los derechos ancestrales de las poblaciones nativas y de los afrodescendientes.

Otro elemento importante es la revalorización de los poderes locales para establecer políticas, empoderando a las comunidades para que se conviertan en actores importantes en el proceso democrático.

La situación de crisis de nuestra sociedad requiere que cada Estado, cada comunidad, genere condiciones de nuevo tipo dentro de un proceso de cambio que enfrente a los responsables del actual estado de cosas.

El Estado nuevo no debe ser el gendarme del status quo, su función es la de proponer los proyectos y armonizar los intereses se la comunidad para llevarlos a cabo democráticamente. Esto es válido tanto a nivel comunal, como de regiones o de naciones.

Para llegar a esta solución se necesita un cambio cultural profundo en el que se priorice una nueva escala de valores que enfrente a la acumulación insaciable, el individualismo y las formas negativas de convivencia.

Los grandes medios de difusión cumplen en la actualidad un grosero servicio a los factores de poder, son parte importante en defensa de los privilegios, de la deformación de la conciencia social. La nueva democracia debe regularlos también, para que la comunicación masiva no esté concentrada en los económicamente poderosos.

Los medios de comunicación deben estar orientados a difundir en beneficio del bien común. Promover la interculturalidad, como beneficio democrático, enriquece la convivencia entre sectores sociales con diferentes ancestros.

Un objetivo esencial es la garantía de condiciones de paz que, al consolidarse, permitiría eliminar buena parte de las fuerzas militares, destinando esos recursos a nobles objetivos. Las fuerzas armadas en los Estados han sido destinadas a proteger los intereses de clases privilegiadas y castas, en detrimento o represión de los movimientos democráticos.

La necesidad de cambios profundos se va incorporando a diversos estratos de la sociedad, todavía en forma incipiente, pero en la medida que la crisis avance ya sea por la pandemia o por las crecientes dificultades en la vida cotidiana, se profundizará la toma de conciencia acerca de la necesidad de cambios.

Teniendo en cuenta la irracional desigualdad económica urge plantear como necesidad perentoria un cambio profundo en la fiscalidad. Cada país, cada Estado, cada sociedad tendrá que viabilizar una reforma profunda para que se produzcan cambios profundos en la fiscalidad a nivel global.

Los mal llamados paraísos fiscales deben ser controlados y castigados, existen instrumentos financieros para hacerlo. La nueva fiscalidad debe incluir un Impuesto a las transferencias financieras, un impuesto progresivo a los grandes patrimonios y una modificación de las escalas del impuesto a las sociedades y a las rentas personales, que permitan en financiamiento de la Renta Básica Universal.

De tal forma los Estados dispondrán de recursos suficientes para generar políticas de justicia social, que garanticen los derechos más elementales para todos los sectores de la sociedad.

Un aforismo bastante utilizado por los marxistas es que la política es economía concentrada. Sin duda, entonces cuando hablamos de necesidad de grandes cambios, estamos hablando de política.

Decía Gramsci que “solo la política crea la posibilidad de maniobra del movimiento”. En las actuales circunstancias el enemigo a doblegar es muy poderosos y varios son los frentes de batalla. Siguiendo el pensamiento gramsciano, como los intercambios entre sociedad civil y sociedad política son equilibrados, habrá una guerra de posiciones que implicará una modificación de los instrumentos clásicos de la acción política.

No será la etapa de asalto al poder, las trincheras son muchas y muy variadas. El camino entonces sería el asedio, entendido como proceso social en el que el poder se conquista enfrentando las sucesivas crisis políticas con la movilización del pueblo, con la acumulación de fuerzas, con la toma de conciencia de la necesidad de cambios. Se trata de que las clases populares logren la hegemonía del proceso para poder enfrentar no solamente a la obscena acumulación de riqueza, también el fin del sistema patriarcal, la defensa del ecosistema y demás reivindicaciones que ayuden al cambio que la sociedad necesita. La sobrevivencia le va en ello.

El camino no será sencillo. Volviendo a Gramsci, decía que la “guerra de posiciones”, entendida como un proceso hacia cambios profundos, seguramente impondrá sacrificios a la población, será necesaria una concentración muy poderosa de hegemonía, que permita a los dirigentes del proceso avanzar en los cambios apoyados por todo el pueblo.

El concepto de hegemonía “es aquel donde se anudan las exigencias de carácter nacional…la relación nacional es el resultado de una combinación original, única”.

El reclamo gramsciano tiene que ver con la convicción de que no es suficiente definir una estrategia internacional. Es necesario definir para cada nación, para cada sociedad, inclusive para cada región o sector, cuáles son las características para poder construir un sistema hegemónico. Lo importante es que el proyecto resulte de la voluntad colectiva nacional y popular.

La política pasa a ser lo determinante, el momento superior de la relación de las fuerzas sociales en disputa por el cambio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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